Me quiero Morir

Jamás pensé que yo podría llegar a pronunciar tales palabras. Recuerdo a un miembro de mi familia que padecía alzhaimer y, cuando aún podía hablar, expresaba su disgusto y decepción con estas palabras: “me quiero morir”. Mi reacción inmediata era regañarle puesto que siempre pensé que no agradaba a Dios el que uno de sus hijos quisiera morir.

Siempre he valorado la vida como un regalo de Dios y me he sentido responsable de cuidar mi vida y la de los que me rodean. Nuestros seres queridos también son un regalo que Dios no ha hecho para que los disfrutemos y vivamos felices a su lado. Esta es la razón por la cual nunca se me había pasado por la cabeza la posibilidad de decir: me quiero morir.

Pero llegó el día en que me lo dije a mi misma, se lo dije incluso a mi marido y a una amiga. Porque hay momentos en la vida que recibimos golpes en nuestra alma y, cuando estos reveses se repiten una y otra vez, llegamos a entrar en una fase de debilidad emocional. Si el sufrimiento se alarga en el tiempo y no vemos salida a nuestra situación y ésta se hace insostenible podemos llegar a flojear y a dudar de que Dios esté al control. La expresión “me quiero morir” vino a mi mente de forma inesperada e insistente. Intentaba luchar contra ella, pero me costó meses superar el desánimo.

 La Biblia dice que “la esperanza que se demora es tormento del corazón”. Cuando te ves rodeado por unas circunstancias adversas, ves que pasa el tiempo y todo se te vuelve en contra, es posible perder la esperanza y dejarse llevar por pensamientos de ansiedad, tales como: “me quiero morir”.

 Hubo un gran profeta en la historia del pueblo de Israel que se llamaba Elías. El había tenido una gran fe en Dios e incluso había conseguido terminar con la grave sequía que padecía su nación. Dios había escuchado sus oraciones y enviado la lluvia después de tres años.  Pero ahora la misma reina le perseguía para matarle y mandó buscarle por todo el país. Se sintió sólo y cansado, física y emocionalmente. Dice la Biblia que él también expresó estas palabras: “me quiero morir”.

 Dios mismo tuvo que salir a su encuentro y recordarle cómo había estado con él en los momentos de mayor éxito en su vida. No le recriminó su falta de fe sino que estuvo a su lado ahora que vivía el momento más bajo. Porque Dios no se asusta cuando nosotros decimos: “me quiero morir”. Él mira más allá. Ve nuestro cansancio, nuestra soledad y debilidad y viene a nuestro encuentro para devolvernos las fuerzas y las ganas de vivir.

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 Pedir Perdon

La necesidad de pedir perdón va ligada al ser humano. Todos necesitamos pedir perdón en algún momento de nuestra vida porque no somos perfectos. Debemos reconocer nuestros errores y disculparnos cuando nos equivocamos o dañamos a otros.

Los niños deben aprender a pedir perdón y a humillarse, si hace falta, cuando dañan o lesionan a otros. De esta manera, los pequeños aprenden a respetar a los demás y se dan cuenta que debe haber límites a sus actos. No es bueno que los niños crezcan con la idea de que pueden hacer o decir cualquier cosa que se les ocurra o que les apetezca sin que haya unas consecuencias cuanto no respetan las normas de convivencia.

Es curioso que este asunto tan antiguo y que debería estar grabado en nuestras conciencias salga ahora a la primera plana de los informativos. Resulta que hay algunos líderes políticos que afirman a estas alturas de la historia que los terroristas, y otros delincuentes, no están obligados a pedir perdón a sus victimas porque esa es una costumbre propia de las sociedades o culturas cristianas.

Yo creo que este argumento es simplemente una excusa para mantenerse en su posición de orgullo y no reconocer el daño causado. De esta forma, se fortalecen en su postura y menosprecian, una vez más, a aquellos a quienes han dañado con sus actos de violencia. Creen que pedir perdón es un acto de debilidad.

Esta gente no se da cuenta de que el primer beneficiado es aquel que reconoce su error. Hay un dicho muy antiguo que decían nuestros mayores: “rectificar es de sabios”. ¿Por qué? Porque al pedir perdón te liberas de la culpa y del peso en la conciencia. Es un acto de sabiduría rectificar y corregir aquello que hemos hecho mal.

No creo que pedir perdón sea una costumbre practicada sólo por los cristianos pero sí vemos que Dios nos recuerda que debemos perdonar para poder recibir Su perdón. También nos dice que nos humillemos y seremos levantados o reconocidos. Nuestro Padre celestial siempre busca nuestro bien y siguiendo sus mandamientos podremos llevar una vida saludable, tanto a nivel personal como social.

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 Quiero Vivir

 

Es el grito de toda criatura, tanto del género animal como vegetal. ¡Quiero vivir! es la expresión de un anhelo que anida en cada ser creado. Creo que en el fuero interno de toda criatura hay un deseo de permanencia, un deseo de cumplir con un propósito en la vida. El libro de Eclesiastés, o de la Sabiduría, menciona que “Dios ha puesto eternidad en el corazón del hombre”.

 Si observamos la naturaleza, veremos tanto en las plantas como en los animales esa lucha por sobrevivir. Cortas una rama de una planta, o el tronco de un árbol y brota por otro lado. Un animal se accidenta y pone en marcha todo su instinto de protección para seguir viviendo. La Biblia también dice que la creación está gimiendo a una voz: ¡quiero vivir! y, en estos últimos tiempos lo hace aún con más fuerza, ya que todo el planeta tierra se está viendo afectado por el cambio climático y los trastornos ocasionados por la contaminación.

 Tuve ocasión de ver un vídeo sobre el aborto y me impresionaron las imágenes del feto, en el interior del útero materno, luchando por sobrevivir. Cuando la criatura percibía una amenaza dentro del vientre de su madre, se desplazaba al otro extremo de la bolsa de líquido amniótico para huir de las tenazas, o de cualquier otro objeto que pudiera atentar contra su vida. Su corazoncito comenzaba a latir agitadamente y, en algunos casos, aún se podía apreciar la expresión de angustia en su rostro. Era como si todo su cuerpecito expresase: ¡quiero vivir!

 Esta lucha por sobrevivir quedó maravillosamente recogida en la película “La vida es bella”. En ella vemos cómo un padre lucha por defender la vida de su pequeño hijo dentro de un campo de concentración. El ingenio del padre por mantener la ingenuidad y la felicidad de su pequeño aún en medio del entorno más horrible que pudiéramos imaginar es  realmente admirable. Es un canto a la vida ante la amenaza inminente de la muerte. Es, una vez más, la expresión de un derecho adquirido: ¡quiero vivir!

 Hoy en día, este derecho está siendo gravemente amenazado. El valor de la vida parece que está perdiendo su sentido. Vemos las imágenes en los medios de comunicación y parece que tendemos a acostumbrarnos a que la vida se pierda una y otra vez y de mil maneras. Pero no debemos caer en el desánimo ni tampoco en el pasotismo. El Dios de amor tuvo un propósito al crearnos. El nunca ha hecho nada sin darle un sentido. Dios quiere que tú y yo vivamos una vida plena y abundante. Si desde tu interior clamas: ¡quiero vivir! y buscas ese sentido a la vida, descubrirás que Dios también te está buscando para decirte: “¡Yo quiero que tú vivas!

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 Señor Ayudame

A estas alturas ya todos reconocemos que la sociedad está en crisis. Miras o escuchas a tu alrededor y está a la orden del día: crisis económica, laboral, de valores,… Creo firmemente que en estos tiempos tan difíciles se nos abre una preciosa y poderosa oportunidad de clamar a Dios y decirle con todas nuestras fuerzas: Señor, ¡Ayúdame!

Con frecuencia yo le pido: Señor, ¡ayúdame! porque, a lo largo del día, suelo darme cuenta de que sin Él no puedo seguir adelante. A mí, como a la mayoría de las personas, me afectan los recortes, la subida de impuestos, los dolores físicos y las preocupaciones del día a día. El ex presidente de los Estados Unidos, Ronald Reagan, dijo estas palabras: “Hay recesión cuando mi vecino pierde su empleo, hay depresión cuando yo pierdo mi empleo…” y yo añadiría que tanto lo uno como lo otro son reflejos de una crisis que nos afecta a todos, antes o después, de una forma u otra.

También se dice que la necesidad del hombre es la oportunidad de que Dios se manifieste en nuestras vidas. Tenemos la tendencia de tirar “palante” mientras el agua no nos llegue al cuello y podamos  avanzar con nuestras propias fuerzas pero lo que ocurre es que nos vamos agotando y, a medida que el agua sube y los problemas continúan, es el momento más oportuno para decir: Señor, ¡ayúdame! Ya hemos oído que las personas que se están ahogando no pueden ser socorridas hasta que no dejan de luchar por salir a flote. Mientras siguen esforzándose en su lucha, la persona que está ahí para socorrerles no puede rescatarles.

La verdad es que Dios sí podría solucionar todos nuestros problemas sin que se lo pidiéramos, pero Él nos ha hecho libres, nos ha creado con inteligencia y voluntad y nos ha dado la capacidad de elegir libremente nuestro camino. Dios está a la espera, dispuesto y capacitado para sacarnos a flote en el mismo momento en que, de corazón y con una fe sencilla, le roguemos: Señor, ¡ayúdame!

No pensemos que Dios está indiferente a nuestro dolor. Él nos está esperando con la misma actitud que el padre del hijo pródigo, pendiente de que llegue el día en que “vuelva en sí” y decida volver a los brazos de Su Padre. Dios lo ha dicho desde muy antiguo a través de uno de Sus profetas: “Clama a mí y yo te responderé” (Jeremías 33:3). También dice en Su Palabra que Él está cercano a los que le buscan de veras. Ten la seguridad de que Dios no te va a dejar tirado cuando tú le digas: Señor, ¡ayúdame!

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 Hablar con Dios

Poder hablar con Dios es un privilegio de todo ser humano, porque Dios es un ser sociable y comunicativo. De hecho, nos creó porque deseaba comunicar su amor hacia sus criaturas.

Ya desde los tiempos de la creación, Él paseaba por el huerto que había creado para la primera pareja humana y se comunicaba con ellos. El hombre y la mujer podían hablar con Dios de forma sencilla y natural, sin protocolos ni liturgias.

Todo esto se rompió cuando el hombre y la mujer decidieron hacer las cosas a su manera, pasando por alto los avisos de Dios, desoyendo su voz y actuando en contra de Su voluntad y sus mandatos. Hablar con Dios dejó de ser un acto cotidiano y -libre porque el hombre empezó a esconderse, temiendo el castigo del Creador.

El corazón de Dios se entristeció profundamente al comprobar que aquellas criaturas que Él había diseñado con tanto amor habían usado su libertad para alejarse y esconderse. No obstante, la misma pasión que le había movido a crearlos, ahora le llevaba a buscar una solución. No le era posible aceptar que aquellos seres que llevaban su imagen y semejanza tuvieran que perder para siempre el privilegio de hablar con Dios.

Dios mismo ideó y puso en funcionamiento un sistema para que el pueblo pudiera acercarse y, a través de sus sacerdotes, volver a hablar con Dios. Pero ya no era igual, había intermediarios. Estaban bien lavados, vestidos y purificados para funcionar como interlocutores entre Dios y los hombres, pero todo había cambiado. Se había perdido la intimidad.

Esta es la razón por la que Jesucristo, siendo el mismo Dios creador, se levantó como un sacerdote distinto. Constituido según el poder de una vida indestructible, Jesús ya no tenía necesidad de ofrecer primero, cada día, sacrificios por sus pecados, como aquellos sumos sacerdotes. Esto lo hizo una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. Ahora, todos aquellos que queramos hablar con Dios, tenemos una mejor esperanza. Jesús permanece para siempre y puede también salvar perpetuamente a los que por él nos acercamos a Dios, viviendo siempre para interceder por nosotros delante del Padre.

Tú y yo ahora tenemos el camino abierto a la misma presencia de Dios. No necesitamos llevar a cabo un ritual ni buscar ayuda en otros para hablar con Dios. Jesús mismo es el camino al Padre. Se hizo hombre para identificarse con todas y cada una de nuestras necesidades. Él no sólo nos comprende y -ayuda, también El mismo ha pagado el precio para que tú y yo podamos, libre y directamente, hablar con Dios.

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 Miedo a la Muerte

¿Tienes miedo a la muerte?

Conducía mi coche por una carretera comarcal. Eran las diez menos cuarto de la noche cuando, de repente, recibí un impacto fortísimo en la parte de atrás de mi vehículo. “¿Qué es esto?” grité. A continuación perdí completamente el control del mismo. Sabía que era imposible recuperarlo y me aferré fuertemente al volante, a la vez que sujetaba mi cabeza contra el reposacabezas. Comprobé en ese mismo instante que no tenía miedo a la muerte.

Le dije a Dios: “Aquí estoy. Ya no puedo hacer nada por mejorar mi comportamiento, ni mis actitudes o acciones pero soy tuya y tú me llevas de la mano”. El coche seguía moviéndose a gran velocidad y golpeándose contra la mediana. En tres ocasiones fue lanzado contra el arcén mientras giraba sobre su eje. Por los cristales veía las chispas que eran lanzadas por los dos vehículos. No sé cuanto tiempo pasó pero yo iba viendo que, a pesar de la gran velocidad y los fuertes golpes, los cristales no se rompían, la carrocería no me dañaba y mi cuerpo no recibía ningún golpe directo. No sabía cómo iba a terminar aquello, pero estaba tranquila. Dios estaba conmigo. No tuve miedo a la muerte.

Hubo un momento en que mi vehículo quedó paralelo a la mediana. Ya no iba a tanta velocidad como al principio pero iba marcha atrás y detrás de mí había una gran pendiente que dura varios kilómetros. El coche podía volver a salirse del carril y golpearse más. También podía venir otro vehículo… ¿Quién sabe lo que podía pasar ahora? Sin pensarlo dos veces, eché el freno de mano y salí del coche. Estaba viva. Podía caminar. Crucé al arcén, donde habían empezado a pararse los coches que venían detrás. Un grupo de jóvenes corría por el arcén desde una gasolinera cercana. Me dijeron que estaban alucinados de verme salir y de verme tan bien. Les pude decir que no tenía miedo a la muerte.

“Soy cristiana. Vengo de una reunión en la iglesia y ahora creo aún más fuerte que Dios existe y me ha cuidado” expliqué. Pero lo más tremendo fue comprobar que el hecho de conocer a Dios de una forma personal me ha librado del miedo a la muerte. No soy perfecta, es más, tengo mucho que cambiar pero sé dónde voy y Quién está conmigo en el camino.

Cuando mi hijo pequeño metió la cabeza por la puerta de la ambulancia pude comprobar hasta que punto me había enfrentado con la muerte. Me emocioné sólo de pensar que podía seguir disfrutando de todos mis seres queridos.

Después del accidente, he pasado por cuatro operaciones y dicen que aún tendré que pasar por otra más, pero doy gracias a Dios de que no me han quedado lesiones graves. Puedo hacer una vida casi normal. Ahora sé con más firmeza que el Dios que me ama y me cuida, Jesús, es Aquel que no tuvo miedo a la muerte sino que la venció y me dió la vida.

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 Cómo conocer a Dios

Conocer a Dios es la experiencia más maravillosa que un ser humano puede tener. Es cierto que muchas personas la buscan sin encontrarla pero también es cierto que todo aquel que verdaderamente desea conocer a Dios y se emplea en el empeño, lo consigue.

Dios está presente en este mundo porque éste le pertenece por lo que llamaríamos “derechos de autor”. Si sales al campo, todo lo que te rodea lleva su sello. Si paseas por la calle, te cruzas con infinidad de gente a la que Dios ha dado un distintivo especial. No verás dos personas idénticas. Hemos sido creados por un ser inteligente, creativo, sensible, amante y perfecto. Todo ello hace del hecho de conocer a Dios algo realmente interesante.

Tengo un amigo que suele usar la siguiente frase: “la ignorancia es mala consejera” y, en este asunto de conocer a Dios, creo que estas palabras son muy verdaderas. ¿Por qué digo esto? Simplemente porque muchos hablan de Dios sin conocerle realmente y esto confunde a la gente. Hay personas que actúan como profesionales de la religión y teorizan acerca de una experiencia que no han tenido y que ni siquiera se imaginan que podrían tener. La Biblia los llama “ciegos que guían a ciegos” y, como es lógico, nadie llega a ninguna parte.

Pero Dios no está callado. Él es un ser tremendamente sociable; es más, le encanta relacionarse con sus criaturas. A decir verdad, Dios nos ha creado para poder expresarnos todo el amor que Él mismo lleva dentro. Sería una pena que pasásemos por este mundo sin conocer a Dios, es decir, sin saber de dónde venimos ni a dónde vamos. La verdad es que venimos de un Dios que nos ha diseñado individualmente como su criatura más preciada y nuestro destino es volver a sus brazos para no separarnos nunca más de Él.

Conocer a Dios es descubrir lo mucho que nos ama. Es abrir los ojos a una realidad que va mucho más allá de lo que podamos percibir con nuestros cinco sentidos. Es cierto que éstos sentidos nos ayudan a entrar en contacto con lo que Dios ha creado para que lo disfrutemos pero hay una realidad que va mucho más allá de lo que podamos percibir o entender con nuestros sentidos y con nuestra mente. Esa realidad es que Dios vive, que está cercano a los que le buscan de veras y que está deseoso de darse a conocer.

Conocer a Dios es como encontrar un tesoro escondido y pasar el resto de tu vida descubriendo su valor y su belleza.

Cuando conoces a Dios jamás vuelves a sentir el vacío de la soledad porque Él llena cada rincón de tu alma sedienta. Conocer a Dios es saber a dónde vas y caminar de su mano. Ya no importa cómo sea el camino ni lo que haya a tu alrededor. Lo importante es que Dios está contigo para defenderte, guiarte y llevarte a tu destino.

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